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Foto: Yander Zamora
Pues aquí vamos, poco a poco recuperándonos de la visita de Irma, ese huracán terrible que ha arrasado  a su paso no solo a Cuba, sino a muchos otros países del Caribe.

Las fotos que van llegando de los lugares de esta Isla valiente son emocionalmente devastadoras. Sin ir más lejos, hoy he llorado al ver la destrucción de una playita de mi barrio, y aunque tengo bien claro que es eso: una simple playita de barrio y no algo realmente valioso como para derramar lágrimas cuando cosas más importantes se han perdido, cuando tanta gente perdió su casa, o sus pertenencias, ¡o la vida! Y me regaño por ser tan sentimental, pero igual no puedo evitarlo, es simplemente la triste emoción de ver los lugares que una ama en condiciones tan desoladoras.

Y es que una cosa que no puedes hacer bajo el ciclón, aunque seas de las pocas privilegiadas que sigue conectada a internet y viendo los partes del aclamado Dr. Rubiera en la revista especial de la televisión (porque te tocó, porque estás de guardia justo cuando el mundo se está acabando allá afuera) es apreciar el verdadero impacto de lo que estás viviendo, pero luego las imágenes empiezan a llegar y te vas sintiendo aplastada por su peso, por lo que significan los rostros, porque visualizas la violencia de cada roca arrojada por el mar a la tierra, porque te inquieta imaginar la procedencia de cada pedazo de madera en medio de la calle, porque te duele cada árbol vencido por la fuerza de los vientos.
Y a pesar de todo, emociona aún más ver cómo, a pesar de tanto, la gente se levanta con unas increíbles ganas de hacer y de vivir por las mañanas, con una expresión de “aquí no ha pasado nada” que te insufla energías.
Te comienzan a rodear entonces otras imgánes, esta vez las de una ciudad que se moviliza sin discreciones. Y así tropiezas con alguien limpiando un escombro, otro sierra en mano terminando de podar un árbol en el suelo, más allá una persona limpia el suelo de su centro de trabajo tras la inundación…sin ir más lejos al doblar de mi cuadra esta mañana me encontré un hombre vestido con un overol de trabajo, sentado directamente en el suelo en una acera, con una tapa de alcantarilla frente a sus pies y un montón de alambres y cables y herramientas, y no me detuve a preguntarle qué reparaba exactamente pero me quedé con su imagen todo el día en la cabeza: estaba solo, no era parte de una brigada de recuperación multitudinaria, y estaba ahí, haciendo el pedacito que le tocaba en esta gigantesca tarea de remontar el desastre.
La capacidad de levantarse del ser humano es asombrosa y, sobre todo, conmovedora… tanto como la imagen de un niño que en medio de todo lo vivido, se aferra a la imagen de un Martí que rescató de la mugre.
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