Más allá del nombre


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En mi preuniversitario casi todos respondíamos a dos nombres: el que eligieron nuestros padres y el que luego nos impusimos mutuamente. Así, teníamos que Vaca, la gordita del grupo, era la mejor amiga de Pollito, la más delgada. La siempre risueña era Quinqui o Quincalla, debido a su pasión por pulsos y collares, mientras que Guasasa destacaba como la más inteligente, a pesar de su baja estatura. A la cabezona de piernas delgadas la bautizamos como Chupi, por los caramelos con palito conocidos como chupa-chupa. Y al Gordo lo seguíamos llamando así por pura costumbre, aunque hacía más de cinco años que había dejado de serlo.

No faltaban los clásicos: Cuatro Ojos, la China, el Bestia… Pero estaban también el Cucarachón, Mufasa, la Palma, Shazán, el Rojo, entre muchos más, en un despliegue de creatividad que a nuestra edad parecía no conocer límites. Tampoco escaparon a tal suerte algunos profesores, entre ellos la Jicotea y Lo Virus, quienes nos impartían Biología, aunque nunca supimos si alguna vez se enteraron de semejantes apelativos.

Mis amigos del pre no hacían nada de extraordinario o fuera de lo común. Desde tiempos inmemoriales las personas se han estado llamando mediante apodos, ya sea para describir una cualidad física o del carácter, como diminutivo de un nombre común e, incluso, por tradición familiar.

¿Sin daños a terceros?

Válido es destacar que existen dos tipos de apodos: los que ofenden y molestan, y los que no. Con estos últimos puede una persona convivir. Sin embargo, los primeros devienen pesada carga para sus destinatarios. En aras de profundizar más sobre el fenómeno de los apodos ofensivos en Cuba y sus posibles consecuencias, dialogamos con la máster en Psicología Educativa Annia Almeyda Vázquez, profesora de la Facultad de Psicología de la Universidad de la Habana.

«Se trata de un fenómeno que suele ocurrir a cualquier edad. Podemos encontrar a quienes se les adjudica un apodo en la niñez y lo llevan a lo largo de su vida, y otros que lo reciben en un momento determinado. Pero la infancia, adolescencia y juventud, esta última en menor medida, son las etapas o periodos en los que resulta más común debido a las características propias de estos grupos etáreos, en los que la relación entre individuos posee un carácter más informal».

Debemos tener en cuenta que, aunque estamos hablando sobre los también llamados nombretes, «estos generalmente van asociados a otras conductas, actitudes y comportamientos que pueden trascender el mero hecho de llamarte de una manera particular, sino que también implican rechazo, burla y chistes que pasan luego al plano físico a través de las travesuras o maldades».

En estas edades tempranas, especialmente en la adolescencia, el grupo de amigos constituye una fuente primaria que nutre el desarrollo del individuo cuando su personalidad está en pleno proceso de formación, «en tanto actúa como una suerte de espejo que nos devuelve la imagen que tienen los demás sobre nosotros mismos. Y esto al joven le preocupa más que lo que piensen o digan sus padres o familiares», explica.

«En las dinámicas de un grupo se desarrollan muchos roles, que son asignados y asumidos». De tal modo,  una persona que posea características físicas socialmente asociadas a lo feo, o que no cumpla con el canon de belleza más aceptado, se le etiqueta de manera negativa y resulta, por ello, muy maltratada psicológicamente.

«Una vez asignado este rol, le resulta al individuo muy difícil escapar de él, pues se convierte en blanco de todas las burlas y pretexto de diversión para un grupo que no es totalmente consciente de cuán dañina puede ser esta violencia psicológica para el desarrollo y  la salud psicológica del abusado.

«La mayor parte de las veces, no existe conciencia sobre cuán dañina puede ser esta violencia psicológica para el desarrollo y salud psicológica del abusado», explica la máster en Psicología Annia Almeyda Vázquez
«La mayor parte de las veces, no existe conciencia sobre cuán dañina puede ser esta violencia psicológica para el desarrollo y salud psicológica del abusado», explica la máster en Psicología Annia Almeyda Vázquez

 

«La persona que de manera continuada está siendo ultrajada, dañada frente a otras, y su imagen está siendo desvalorizada recibe daños, fundamentalmente en su autoestima, que no es más que el proceso que le permite valorarse, quererse y sentirse a gusto consigo misma. Este amor propio no nace con uno, sino que se va formando en la relación con los otros. Y si estos, constantemente, están devolviéndole una imagen negativa, obviamente puede  incidir»., agrega la joven psicóloga.

¿Burla o acoso?

El uso de motes ofensivos se cataloga también como bullying o acoso escolar. De ahí la importancia de que los adultos identifiquen este tipo de comportamiento a tiempo y traten de evitarlos.

«En ocasiones el maestro no se percata —aunque es muy raro porque llega a resultar muy evidente— o no le da la importancia que reviste. Entonces los niños lo asumen como algo natural, como un juego, y piensan que existe una impunidad, en especial cuando se trata de una actitud grupal».

Las consecuencias para el afectado pueden ser múltiples, desde el rechazo escolar y bajo rendimiento académico, hasta dificultades en las relaciones interpersonales en su adultez.

  Acota Almeida Vázquez que «cuando la persona se siente menos atractiva que las demás, esto le genera una inseguridad a veces asociada a los celos. De modo que a pesar de tener un vínculo amoroso, no es capaz de disfrutarlo con tranquilidad sin sentirse amenazado por terceras personas. Incluso, se afectan los ámbitos laborales, porque la autoestima no solo se reduce a lo físico, sino que tiene que ver con su valía como ser humano en sentido general».

Durante la adultez somos capaces de valorar y medir mejor las consecuencias de nuestros actos. Por eso, lo pensamos dos veces antes de endilgarle un apodo a alguien, más aún si se trata de uno ofensivo pues la noción del respeto y de los límites de lo permisible entre dos personas es mucho mayor que el existente en la infancia y juventud.

De todos modos, el impacto de recibir sobrenombres ofensivos resulta diferente, pues poseemos «una personalidad ya consolidada que permite establecer diferencias entre la imagen que el otro me devuelve y la que tengo de mi mismo, a diferencia de lo que ocurre en la adolescencia cuando existe una especie de fusión entre ambas», concluyó la especialista.

Foto 3 Meme

Conversando con algunos jóvenes a través de la red social Facebook, les pedimos que nos comentaran acerca de los nombretes que han recibido a lo largo de su vida. Estas son algunas de sus respuestas:

Arianne Alfonso: «Me decían  “casquito de guayaba”, por el pelado que usaba cuando tenía unos 10 años».

Juan Luis Fonseca: «Me han dicho de todo lo que hay en lo referido a las orejas  “chevy con las puertas abiertas”, “orejón”, en fin».

Daymette Montenegro: «Bueno, en mi caso, los apodos de cariño son “mona” (mi hermana), “pitrín” (mi papá), “Day” (los amigos)…lo más ofensivo, por el contexto en que me lo dijeron, fue “enciclopedia ambulante” y “concientona”».

Yirmara Torres: «Mis padres me decían “gordi” en la primera infancia. También me llaman “Yirmy”, que acorta mi horrible nombre».

Mabel Duarte: «Cuando pequeña me decían “merenguito” porque siempre estaba en el piso, me caía mucho. En la actualidad personas queridas me dicen “negra” y otros “prieta”. Estos apodos no me molestan para nada, los veo de forma cariñosa y por eso no los considero ofensivos».

Arianni Rodríguez: «De niña, debido a mi delgadez extrema, tuve muchos apodos, el más reconocido fue “huesito”, que, ciertamente, lo detesté. Durante la adolescencia no fueron muchos, nada significativo. El problema llegó en la universidad: me llamaban “candela”. ¡Cuántas malas interpretaciones de los que escuchaban mi apodo por primera vez! Y la realidad es que fue solo por cierto parecido físico que alguien encontró entre un custodio de la entrada que se llamaba Candelario y yo».

A estas alturas quizás sientan curiosidad, pues que no les dije cuál solía ser mi apodo en el Pre. Pero si ya develé los de mis compañeros, no sería justo callar en lo personal. Acá les va mi confesión: me decían Tibu, un recorte cariñoso de “tiburona”. Supongo que pagué con creces mi pasión por la comida, así como el hecho de no guardar bien el secreto sobre aquellos aparatos de ortodoncia que usé durante la secundaria.

Ahora es tu turno. ¿Qué nombrete te impusieron tus amigos? ¿Te molestaba que te dijeran así?

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3 pensamientos en “Más allá del nombre”

  1. Como me llamo Jose me llamaban Pepito y como cuando me daba el sol me ponía muy rojo…pues me llamaban….Pepito Naranja…no me molestaba en absoluto…

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  2. A mi me decían gorda y me parece que me traumatizó de verdad porque hoy en día le tengo miedo a engordar y hago todo tipo de dietas y voy al gimnasio 3 veces por semana. Son molestos la mayoría de los apodos…
    Elisa Towson

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