Gerardo Hernández: ese estudiante inquieto que “presume” de sangre azul


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Leerlo, desde la lejana prisión de Victorville en California, Estados Unidos, donde cumple su injusta condena desde hace más de 16 años, representa un soplo increíble de alegría y optimismo a pesar de las difíciles condiciones de su confinamiento.

Y resulta casi imposible resistirnos a la sonrisa que provoca con su fino sentido del humor, tan criollo y espontáneo como la cubanía misma de la cual emana; y se nos vuelve harto sencillo el sentirlo como un amigo de siglos, con el que compartimos clases o juegos en la infancia. Un amigo con el que nos identificamos incluso aunque no compartamos las mismas pasiones beisboleras, porque aunque a los que apoyan otros equipos no les guste, Gerardo Hernández Nordelo asegura que lleva su pasión en las venas: es un industrialista confeso, como nos cuenta en esta entrevista.

«Sí, pero quiero aclarar que soy un industrialista “sin prejuicios”. Puedo aplaudir una buena jugada o un buen juego de cualquier equipo, aunque sea en contra del mío, y siento gran admiración por varios peloteros de otras provincias. Además, como la mayoría de los cubanos, cuando se trata del equipo Cuba, o de cualquier novena que esté representando a Cuba en un torneo, ese es mi equipo, sea de la provincia que sea.

«No obstante, es cierto que soy de “sangre azul”. Desde que tengo uso de razón ese era el equipo que le gustaba a mi padre, y también es el equipo donde llegaron a jugar algunos muchachos que conocía de mi barrio (del “barrio grande” quiero decir: Arroyo Naranjo).

«En mi infancia uno de mis sueños era ser pelotero, y hasta lo intenté. Una vez fui al “Ciro Frías”, que es el centro deportivo de Arroyo, donde en aquel entonces estaba el maestro Morilla, y otro profesor de apellido Casales, si mal no recuerdo. Este último me hizo unas pruebas, y me dijo sin medias tintas: “Si quieres quédate, pero tú nunca vas a ser pelotero”. ¡Acabó conmigo! Me queda el consuelo de que llegué a ser un buen aficionado».

Gerardo (de pie a la izquierda) durante la representación de una obra de teatro en sus años de estudiante del ISRI. Foto: Cortesía de Adriana Pérez O´Connor
Gerardo (de pie a la izquierda) durante la representación de una obra de teatro en sus años de estudiante del ISRI. Foto: Cortesía de Adriana Pérez O´Connor

La pelota que “decidió” el campeonato

«Esto lo he contado otras veces, pero creo que haberlo logrado me da derecho a alardear un poquito: cuando aquel jonrón histórico de Marquetti, que decidió el campeonato en 1986, yo tenía 21 años y estaba en el Latino. Con un carnet de prensa que nos dieron en Tribuna de La Habana a los caricaturistas del grupo Aspirina, logré acercarme por las gradas al banco del equipo.  Llamé a Leonardo Tamayo, uno de los vecinos que mencionaba antes, que era pitcher de Industriales, y le pedí que pasara por el banco una pelota que había llevado desde mi casa, para que los peloteros me la firmaran.

«En ese momento todavía Industriales estaba perdiendo, pero la pelota decía “Industriales Campeón – 1986” (Adriana me la tiene guardada). Todo el mundo sabe lo que ocurrió después, y -haya sido así o no- me voy a morir diciendo que mi pelota le levantó el ánimo al equipo.

«Además, cuando Marquetti dio el jonrón decisivo, fui uno de los que se tiró al terreno, y al otro día salí en la foto de Juventud Rebelde, dando brincos muy cerca de Marquetti. Recuerdo que había llovido, y llegué a la casa lleno de fango».

Añoranza por el Latino y el mar

«Hay una imagen que siempre he tenido fija en mi mente, de cuando iba al Latino: Ese momento en el que uno llega al estadio, y comienza a ascender por la rampa de alguna de las entradas, y cuando mira hacia adelante, el terreno va “naciendo”, con la intensidad de sus colores, y va creciendo mientras uno avanza, al tiempo que se va haciendo más fuerte el bullicio del público…

 «No sé por qué, pero siempre que sueño con estar en el Latino nuevamente, no me veo sentado en las gradas, ni en ningún otro lugar. Me veo subiendo por la rampa, en ese mismo instante en el que el terreno y el bullicio crecen frente a mí. Sé que el día va a llegar, y que voy a vivirlo otra vez. Y presiento que será tan emotivo para mí, como el momento en que pueda volver a ver el mar.

«Entre las cosas buenas que me han ocurrido en los últimos años, está el haber conversado varias veces, y poderme considerar hoy amigo de quien siempre fue mi ídolo en la pelota, cuyo número “31” pintaba con pluma en las camisetas que usaba para los pitenes: Pedro Medina. Además, he tenido comunicación con varios peloteros, algunos que son glorias ya retiradas, y otros aun activos, no solo de Industriales. Pero bueno, mejor lo dejamos ahí, porque si me conecto con el tema de la pelota, se nos va la entrevista en eso…»

Una…dos…¡y otra vez!

«Podríamos decir que era buen bailador de canciones cortas… En serio, siempre me gustó mucho bailar “casino”, o lo que en otros lugares llamarían bailar “salsa”. El problema es que solo me aprendí dos vueltas. “Marcaba” bien, y con soltura, cualquiera que me viera pensaba que estaba “escapa’o”, pero después de la segunda vuelta ¡volvía para la primera otra vez! Si la canción era muy larga, ya saben, eran las mismas vueltas tres o cuatro veces, y cuando quería inventar, armaba tremendos enredos.

«Mi hermana Chabela, que siempre fue muy buena bailadora de casino, trató alguna vez de enseñarme más vueltas, pero sin mucho éxito. La suerte fue que Adriana no era muy buena bailadora tampoco, y con esas dos vueltas nos era suficiente.

«En mi época de adolescente no bailaba mucho la música movida que ponían en las fiestas de los sábados, porque no lo hacía bien. Casi siempre esperaba a que fuera más tarde y pusieran a Roberto Carlos u otra música “suave” de la que estaba de moda, que aquello cualquiera lo bailaba.

«Me gusta mucho la rumba y el guaguancó, y no puedo evitar moverme cuando escucho esos ritmos, pero decir que los bailo sería faltarle el respeto a los bailadores…»

Un alumno “inquieto”

«Creo que fui mejor alumno en primaria, secundaria y pre-universitario, que en la universidad. En esas primeras etapas lograba buenos resultados sin mucho esfuerzo, y eso me creó algunos hábitos negativos que, al llegar al ISRI, donde la cosa era al duro y sin guantes, me pusieron a correr.

El alumno “inquieto” durante una actividad festiva. Foto:Cortesía de Adriana Pérez O´Connor
El alumno “inquieto” durante una actividad festiva. Foto:Cortesía de Adriana Pérez O´Connor

«Me refiero específicamente a que era algo finalista para estudiar, me entretenía a veces en las clases, hacía caricaturas y las pasaba por toda el aula… También me envolvía en demasiadas cosas a la vez, y a veces no le dedicaba suficiente tiempo a los estudios.

«Hubo una época, por ejemplo, en la que hacia el boletín del instituto, estaba en el grupo de teatro, era miembro del Buró de la UJC, escribía guiones para las actividades culturales… Para llegar a clases todos los días tenía que coger tres guaguas pero, además, practicaba un deporte en Arroyo, tenía que “marcarle” a Adriana en Santo Suárez, ir a Tribuna de La Habana donde hacíamos la “Aspirina”, dibujar para ese medio y para “El Muñe”, participar en exposiciones y otras actividades… No lo digo con aire justificativo, pero todo eso debe haber influido para que no me graduara con Diploma de Oro. (Tampoco fue de bronce ¡cogí plata!).

Con compañeros del ISRI, en su etapa de estudiante. Foto: Cortesía de Adriana Pérez O´Connor
Con compañeros del ISRI, en su etapa de estudiante. Foto: Cortesía de Adriana Pérez O´Connor

«Anécdotas hay muchas, porque en el ISRI había un grupito de “inquietos”, que para qué contarles… Recuerdo un día que estábamos en una clase de Derecho Internacional con el Doctor Miguel D’Estéfano, toda una eminencia (ya fallecido), y mientras él escribía en la pizarra yo conversaba con otro compañero. El profesor sentía un murmullo y se volteaba, y entonces me callaba.

«La escena se repitió varias veces, hasta que el profesor se vira, se dirige a otro compañero al que voy a llamar “Gallego” porque no le pedí permiso para usar su nombre, y le dice: “¡Usted! ¡Para afuera!”.

El Gallego lo miraba incrédulo y le decía: “¿¡Yo…!?” “Si, usted mismo, ¡para afuera!” ¡Y lo sacó de la clase!.La gente no podía aguantar la risa, y el chiste estaba en que el Gallego era el tipo más serio y más tranquilo del aula. Hoy, por cierto, es un brillante diplomático».

El elefante y la hormiga

«Pero si de anécdotas se trata, hay una que no pensé que fuera a ser tan recordada, y Adriana me dice que cada vez que se reúnen los compañeros del ISRI, alguien la cuenta:

«Habíamos ido a trabajar unos días al campo en unas vacaciones, el grupo entero, y estábamos chapeando unos surcos inmensos, con una hierba que casi lo tapaba a uno, y bajo tremendo sol. Cada uno tenía un surco, hembras y varones. Por aquella época se contaba un chiste de un elefante y una hormiguita, en el que no recuerdo qué favor le hacía el elefante, que la hormiguita le daba las gracias, y el elefante le respondía algo que era donde estaba el chiste.

«Venía yo de regreso por mi surco luego de haberlo chapeado hasta el final, y me encuentro a una de las compañeras del grupo, que iba por la mitad con el suyo. Como la vi pasando tanto trabajo, decidí ayudarla. Cuando llegamos al final bajo aquel sol, ya yo estaba “muerto”. Los surcos eran tan largos, que no se veía a nadie más en medio de aquel matorral.

«La compañera, feliz de haber terminado, me dice con una delicadeza que era muy característica de ella: “Gracias Gerald”, y yo, machete en mano, le respondo como el elefante del chiste: “Gracias no, ¡bájate el blumer!”… ¡Tremendo susto se llevó la pobre! Cuando la vi cambiando de color, fue que me di cuenta de que ¡ella nunca había escuchado el chiste del elefante! Por supuesto, tampoco voy a decir su nombre, pero medio ISRI sabe de quién hablo: otra brillante diplomática a quien queremos mucho».

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