Pongo, el perro que vivió



Tengo un perro dálmata (tricolor, quizás medio cruzado) desde hace unos meses, fue un regalo forzoso que me hizo mi hermanita Thalía, pues tiene otros dos perros y una gata en casa. Le dieron gustosamente la baja del núcleo familiar ” una boca menos que alimentar”, dijeron, y mi hermanita, que no quería desprenderse, tuvo que acatar silenciosamente lo que dictaron sus padres.

Para mi fue una ventaja, pues mi hiperquinético Alejandrito hace años me tiene mareada con la cantaleta “mamá, yo quiero un perrito”…así que había tenido tiempo de sacar el cálculo: quería un perro pequeño, que ocupara poco espacio, pues vivo en un apartamento, pero a la vez me preocupaba que mi hijo, con la mayor inocencia el mundo, en uno de sus juegos lanzara al perro por el balcón de nuestro tercer piso…y concluía mis meditaciones sabiendo que era perro grande, me gustara o no.

Por eso cuando me llegó Pongo (para apegarme al dibujo animado de Disney que mi hijo tanto adora), que ya tenía considerable estatura y peso como para que fuera imposible que Ale lo cargara y lanzara, ví los cielos abiertos.

El pobre Pongo, ¡en qué manos vino a parar! Ale, con su entusiasmo por la novedad de tener un perro suyo-suyo, no lo deja vivir tranquilo, se pasa el día encima de él, con lo que creen que son cariños, y terminan no siendo otra cosa que tortura para el pobre animal que no logra un segundo de descanso de las constantes exigencias de mi pequeño.

Mi mamá, que ya no tiene nervios para tolerar los constantes alborotos, pierde con frecuencia la paciencia y amenaza con declarar al animal como non grao, y su inmediata devolución a sus anteriores dueños.

Ayer, mientras ella intentaba poner la lavadora, el perro masticaba la ropa (si, un mal vicio que tiene, por fortuna o desgracia solo mastica la mía), decidí encerrarlo en el balcón para que el niño lo dejara en paz, y mi mamá se estresara menos. Craso error, Alejandro “no entendió la seña”, como decimos acá, y siguió, por el balcón lateral tratando de jugar con el perro.

La cosa terminó mal y pronto. Ale repentinamente entró a la casa gritando muy asustado “mamá, mi perrito se cayó”. Corrí asustada, sabiendo por su tono de voz que no mentía ni trataba de embromarme. Me asomé y lo vi, inmóvil, tendido en la hierba del jardín, tres pisos más abajo.

Lloré, grité, le di golpes a la pared creo recordar…ya incluso me visualicé dándole la noticia a mi hermanita, a la que le había asegurado que le cuidaría al perro cuando una vecina que se había asomado intrigada por el barullo avisó “está vivo!!” Vi que se había sentado lentamente y bajé corriendo las escaleras, aún sin esperanzas, creyendo que tardaría poco en morir, producto de lesiones internas.

Me acerqué despacio, temía que si lo tocaba, el dolor lo volviera agresivo y mordiera. Lo llamé bajito y me miró, sin inmutarse. “Está en shock, dejémoslo recuperarse del susto para saber qué pasará”.

Para abreviar la historia: al cabo de media hora, y por sus propios pies, subió las escaleras de regreso a casa. Allí permanece, aún atontado por el episodio, pero sin fracturas, sin quejarse de dolores, con buen apetito y funciones renales e intestinales tal y como de costumbre. Durmió intranquilo, quizás rememorando en sueños la espantosa caída y alegrándose internamente de ser de goma…porque sinceramente, no veo otra forma de sobrevivir.

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6 pensamientos en “Pongo, el perro que vivió”

  1. Si, tienes que llevarlo al veterinario. Pobrecito. Yo creo que va a estar bien.
    Y pon rejas en el balcon.
    Tu nene nunca va a tener un accidente desde el balcon, porque como vive ahi sabe cuales son las reglas y el peligro . Eso no es el problema.
    Pero si salto un perro, puede saltar un niño.
    Ponle rejas o cierra esa puerta con un pestillo bien alto cuando llegue alguna visita con niño para que no se vayan a jugar solos.

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  2. Ya Pongo dejará que el niño haga con él lo que quiera, esos peros suelen ser muy nobles pero Mercedes tiene razón, protege el balcón porque por lo que veo Alejandrito es chiquito todavía y a esas edades no tienen muy clara la noción del peligro, en una de esas le da por ser Spiderman y puede saltar. Nunca están de más las precauciones con los niños.

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    1. Quizas Alejandrito no, porque vive ahi, tiene el balcon desde que nacio y seguro que Rous le dice del peligro. Pero otros niños son ven el balcon como una novedad.
      Es mas o menos como las piscinas, tiene que ser un ambiente controlado por los adultos, una puerta, una reja.

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    2. Tampoco es para alarmarse, pero si controlar de alguna forma el acceso al balcon a niños y a Pongo. Y a cualquiera le pasa, que no se sienta mas Rous porque Pongo haya saltado porque muchas veces no nos percatamos del peligro y las cosas

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