Hiroshima y Nagasaki, una lección por aprender



Hiroshima
y Nagasaki, fueron las ciudades que, en ese orden, sufrieron el mayor terror que pueda infligírsele a una población, civil en su inmensa mayoría.

Por aquellos años yo ni soñaba con nacer, pero mi abuela era una adolescente que se sorprendió con tristeza al conocer que, mientras ella celebraba su cumpleaños diecisiete, en Hiroshima los hombres de ojos rasgados y cultura milenaria, los pocos que quedaron con vida y pudieron elevar sus ojos, estaban observando en el cielo una gigante y temible nube con forma de hongo que no significaba otra cosa que la muerte, mostrando su peor rostro.Tres días más tarde mi abuela, y con ella el mundo, se estremecían con la noticia de que otro avión norteamericano había liberado su carga de muerte, en la forma de una nueva bomba atómica, sobre Nagasaki, y consternada se preguntó si la guerra realmente necesitaba tanta sangre para saciar su sed.

Litle Boy no tenía absolutamente nada en común con la inocencia de un niño pequeño mientras que Fat Man hizo honor a su nombre al resultar más potente que su hermana mayor. Bombas con nombres, para que el mundo tuviera algo a lo que aferrarse cuando quisiera recordar lo que de todos modos ya resultaría inolvidable.

El B-29 Enola Gay abrió la boca sobre Hiroshima el 6 de agosto de 1945 a las 8.15 de la mañana, mientras muchos se dirigían a sus centros de trabajo, los niños pequeños recién despertaban y las amas de casa fregaban los platos del desayuno…Litle Boy hizo explosión a 600 metros encima de la ciudad, justo sobre una clínica quirúrgica y fallando su objetivo inicial, el puenteAioi. La temperatura del aire se elevó en menos de un minuto a más de un millón de grados, causando incendios en la ciudad a gran velocidad. Murieron instantáneamente entre 70 mil y 80 mil personas e igual número resultaron heridas.

En los Estados Unidos el presidente Harry Truman se felicitaba a sí mismo y a sus valientes soldados por la hazaña mientras se fritaba las manos y agendaba la próxima masacre para tres días después.

Nagasaki, una tranquila ciudad portuaria, fue finalmente el blanco. No estaba previsto, pero las condiciones climatológicas sobre Kokura la hicieron ganadora de una dudosa lotería cuyo premio mayor eran sangre y destrucción.

Otro B-29, esta vez el Bockscar, fue el encargado de dejar caer a Fat Man a las 11.01 de la mañana. La bomba hizo explosión a 469 metros de altura sobre la ciudad y se desvió como la primera de su objetivo principal, cayendo a un costado del Valle de Urakami. Ello en cierta medida aminoró los efectos, pues las montañas aminoraron un poco las catastróficas consecuencias de esta bomba, más potente que la anterior.

Fallecieron de inmediato entre 45 mil y 75 mil personas…y ni siquiera he hablado de los daños posteriores a causa de las deformaciones, la radiación y demás consecuencias derivadas del uso de armamento tan aniquilador.

Y 45 mil, 80 mil vidas perdidas son cifras que pueden decirse con facilidad, pero no por eso significa que sea simple. Para tener una idea, 45 mil personas superan en número a todas las personas que conoceremos a lo largo de nuestra vida, es mucho más que la cantidad de habitantes de muchas ciudades y pueblos del mundo. ¿Cuántos niños, mujeres embarazadas, madres, padres, abuelos, murieron en Hiroshima y Nagasaki solo porque un país quería demostrar al mundo su poderío?

La historia no necesita de más bombas nucleares, pero existen por doquier, se fabrican incluso con mayor poder de  destrucción que aquellas de hace medio siglo, y su número es hoy tal que bastarían apenas unas pocas para destruir por completo la vida en el planeta.

Somos una especie en peligro de extinción, pues basta que una persona, solo una, apriete un botón en un puesto de mando militar para convocar al infierno a la Tierra. ¿No ha aprendido nada la Humanidad?

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